(aunque el mundo no los vea)
Hoy ha caído otro de ellos, un gatito joven, un alma pequeña y pura, que apenas empezaba a explorar la vida… atropellado en la carretera como si fuera un objeto más, como si su existencia no tuviera valor. No hubo freno, no hubo remordimiento, no hubo siquiera una mirada hacia atrás.
Y no es la primera vez.
He visto demasiados cuerpecitos rotos al borde del asfalto, testigos mudos del desprecio humano. He visto sus ojos abiertos en el instante del abandono. He sentido su miedo, su hambre, su desconcierto al esperar inútilmente a quien un día les prometió cuidado y cariño. Y los he llorado a todos… porque cada uno de ellos importa.
No es sólo la muerte lo que duele. Es la forma. Es el cómo.
Mueren atropellados por indiferencia, mueren envenenados por personas que deciden, desde su odio o su ignorancia, exterminar lo que les molesta. He visto animales convulsionar lentamente, sufrir internamente sin poder pedir ayuda, solos, en rincones fríos o al sol abrasador. He visto cómo la crueldad puede esconderse tras una sonrisa o una excusa.
Y también he visto cómo se les regala como juguetes, con la euforia pasajera de una emoción bonita. Pero cuando crecen, cuando ya no resultan “cómodos” o “divertidos”, cuando hay que mudarse o irse de vacaciones, se tiran, se abandonan, se sueltan como si el vínculo no hubiese existido.
Pero ellos sienten. Ellos aman. Ellos esperan. Y mueren de tristeza cuando no entienden por qué su familia ya no los quiere, ellos no pidieron estar aquí. No pidieron ser el producto de la irresponsabilidad, ni la diana del desprecio. Ellos solo existen, y su sola existencia debería ser razón suficiente para protegerlos.
Mientras muchos miran hacia otro lado, yo no puedo. No quiero.
Porque a mí sí me importa, porque sus vidas no son invisibles para mí. Porque cada uno de ellos tiene un alma, un propósito, una luz. Porque ellos también son parte de este mundo, y el mundo sin ellos es más triste, más gris, más vacío.
Hoy mis lágrimas no cesan, y con ellas, dejo salir mi impotencia… por no haber podido salvarlo, por no haber llegado a tiempo, por no tener la fuerza para cambiarlo todo. Pero desde este lugar herido que soy, hago una promesa: su muerte no será en vano. Seguiré levantando la voz por ellos, aunque duela, aunque me tiemble la voz. aunque no sea fácil. Porque si me callo, ¿quién los recordará? ¿Quién les hará justicia?
A ti, mi pequeño… mi Luz.
Gracias por tu breve paso, por la ternura que derramaste sin pedir nada. Por tu nobleza callada, por tu mirada intensa y viva. Hoy una nueva estrella brilla en el cielo. Hoy cruzas el arco iris, hacia la libertad que aquí te fue negada. Hoy vuelves a casa…
y que allá, en ese otro lado donde el amor no falla, te reciban con caricias suaves, con calor, con dulzura infinita. Aquí te lloramos. Allá te celebran, y desde este rincón del mundo, con el corazón en pedazos, te deseo: Feliz regreso a casa, mi Luz, hoy el cielo ganó otra luz, y yo… otro motivo para no rendirme.


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