Por una ciudadanía consciente, por una ley que se cumpla.
Vivimos en una sociedad que dice amar a los animales. Tenemos leyes que los reconocen como seres sintientes, que proclaman su derecho al bienestar y castigan el maltrato. Sin embargo, cuando miramos la realidad, nos encontramos con una contradicción profunda: la ley existe, pero su aplicación es débil, desigual y muchas veces ausente. ¿Y quién sufre las consecuencias? Siempre el mismo: el animal.
¿Qué dice la Ley de Bienestar Animal?
La Ley de Bienestar Animal, vigente en muchos países y reforzada en algunos por normas autonómicas o municipales, se basa en principios que, sobre el papel, parecen indiscutibles:
El trato ético y digno a los animales, tanto domésticos como —en ciertos casos— silvestres o de producción.
La responsabilidad activa de los tutores o cuidadores para garantizar sus necesidades físicas y emocionales.
Condiciones mínimas de vida: espacio, alimentación, socialización, atención veterinaria.
Sanciones por abandono, maltrato, crueldad o negligencia.
Todo esto configura un marco legal que, según nuestro criterio —y siempre desde una visión opinativa— es absolutamente necesario, porque sin normas claras y control efectivo, la protección animal no funciona. Y lo estamos viendo cada día.
La contradicción: leyes que no se cumplen, autoridades que miran hacia otro lado En la práctica, la ley se incumple constantemente:
Animales encerrados en balcones, cocinas o garajes.
Gritos, golpes o castigos como “educación”.
Espectáculos que generan sufrimiento, crías regaladas sin control, madres abandonadas.
Abandono cuando el animal ya no resulta “útil” o cómodo.
Y lo más grave: la omisión. El silencio. La pasividad.
Muchos ciudadanos que se atreven a denunciar estas situaciones se encuentran con un muro institucional. Las autoridades competentes no actúan, no dan seguimiento, o incluso —y esto es lo más inaceptable— informan al denunciado de quién ha hecho la denuncia.
¿Cómo se puede proteger a quien no tiene voz, si quienes lo defienden terminan siendo expuestos y desprotegidos?
Esto no solo es una negligencia, sino una traición a la confianza pública.
Cuando ayudar también puede dañar: el rescate sin control
En paralelo, hay otro fenómeno que merece una reflexión seria: el rescate
desordenado y descontrolado. Muchas personas, movidas por un amor sincero hacia los animales, se autodenominan rescatistas. Recogen animales de la calle, los agrupan en sus casas o sedes de asociaciones, y luego los entregan a otras familias, en muchos casos sin criterios éticos, sin seguimiento, sin controles sanitarios, y sin formación.
Esto puede derivar en:
Hacinamiento y sufrimiento.
Reproducción no controlada.
Donaciones mal gestionadas.
Entregas irresponsables que terminan en nuevos abandonos.
Lo que comienza como un acto de compasión, puede transformarse en una forma encubierta de maltrato, aunque bienintencionada, y mientras tanto, las administraciones se desentienden.
Como si cuantos menos animales haya en la vía pública, menos problemas hay. Como si esconder el sufrimiento fuera lo mismo que solucionarlo. Pero no lo es. Nuestra opinión: hace falta algo más que intenciones
Desde nuestra perspectiva, y siempre en tono respetuoso y reflexivo, la ley por sí sola no basta. Hace falta:
Voluntad institucional firme y coherente.
Profesionales formados en protección animal.
Educación ciudadana en ética y convivencia.
Control de quienes rescatan, crían o gestionan animales.
Y sobre todo, una cultura de la denuncia segura y protegida, donde quien
actúa por el bien de los animales no termine siendo víctima del sistema.
Conclusión: los animales no necesitan solo amor. Necesitan justicia.
Amar a los animales no es suficiente. Rescatarlos no es suficiente. Denunciar no es suficiente, si el sistema no acompaña.
Los animales no tienen voz, no pueden organizar protestas ni exigir sus derechos, dependen de nuestra coherencia, de nuestra responsabilidad y de nuestra firmeza moral.
No se trata solo de cumplir la ley. Se trata de hacerla valer.
No se trata solo de proteger. Se trata de no seguir fallando.
Este texto está escrito desde una visión ciudadana, reflexiva y crítica. No pretende señalar culpables individuales, sino abrir un diálogo colectivo sobre cómo mejorar realmente la situación del bienestar animal en nuestra sociedad.



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