“No todos los animales necesitan ser rescatados… algunos solo necesitan respeto.”

rescatista es un héroe anónimo que protege a los animales vulnerables y les da una vida digna. Suena inspirador.
Pero la verdad es que no todos los animales son vulnerables ni necesitan ser rescatados.

Rescatista… ¿de verdad?

Hoy en día parece que la palabra rescatista se usa como un título de prestigio, casi como una profesión de alto nivel. Suena bien, incluso inspira admiración. Pero, ¿qué significa realmente ser un rescatista de animales?

En teoría, se define como aquella persona que dedica su tiempo a salvar y proteger a los animales en peligro, abandonados o maltratados. Suena noble, casi heroico. Sin embargo, la práctica nos muestra una realidad mucho más compleja y, en ocasiones, contradictoria.

Entre la buena intención y la realidad

Conozco a personas que, bajo su propio criterio y sin preguntar a nadie, deciden recoger animales que creen abandonados o maltratados. Su intención puede parecer buena, pero la falta de información provoca lo contrario: muchos de esos gatos, por ejemplo, pertenecen a colonias controladas donde viven tranquilos y felices.

El resultado es un traslado forzado a una casa improvisada, a menudo sin documentación ni control, que en muchos casos termina de nuevo en la calle. Y esta vez, en condiciones peores que antes. El supuesto “rescate” se convierte en un acto que genera más sufrimiento.

Con otros animales ocurre algo similar. ¿De verdad es mejor sacar a un perro de la calle para encerrarlo en un chenil pequeño, o en un baño, con apenas unos paseos?
Decimos que es una “vida mejor”, pero la realidad demuestra que muchas veces no lo es.

Los animales no necesitan héroes improvisados

Aquí está el punto central: los animales no son personas, ni son “sin techo”. Pensar que cualquier intervención es automáticamente positiva es un error muy común.

Los datos lo demuestran: cada vez hay más gatos y perros abandonados, pese a la gran cantidad de supuestos rescates. ¿Dónde terminan? La mayoría en centros sin condiciones adecuadas, saturados de animales, que tarde o temprano deben cerrar o reubicar, a veces sin garantías. Eso no es rescate. Eso es acumulación. Y en los casos más extremos, se convierte en una forma de síndrome de Diógenes aplicado a los animales.

Colonias estables, vidas interrumpidas

En colonias que gestionamos desde hace más de seis años siempre ocurre lo mismo: algunos gatos desaparecen porque alguien, con la mejor intención, los confunde con animales abandonados y se los lleva sin preguntar,o en el peor de los casos los matan y los tiran al container.

¿Acaso no es eso también un daño?
Aunque la intención sea distinta, el resultado se asemeja al de quienes actúan de mala fe: un animal separado de su entorno, de su grupo y de su forma de vida.

La falta de responsabilidad

La pregunta es inevitable: ¿cuántos informan realmente cuando ven un abandono? Muy pocos. Denunciar, dar la cara o exigir a las autoridades no es tan común. Es mucho más fácil “rescatar” y pasárselo a alguien que ya tiene veinte animales en su casa, sin medir las consecuencias.

¿Eso es ayudar? ¿Eso es proteger? O, más bien, ¿es trasladar el problema a otro y justificarlo bajo la etiqueta de “rescate”?

El mito del héroe

La definición idealista nos dice que un rescatista es un héroe anónimo que protege a los animales vulnerables y les da una vida digna. Suena inspirador.
Pero la verdad es que no todos los animales son vulnerables ni necesitan ser rescatados. Muchos lo que necesitan es respeto a su vida, a sus costumbres y a su espacio.

Rescatar no debería significar actuar por impulso ni guiarse solo por la emoción. Debería significar informarse, respetar, denunciar cuando corresponde y actuar siempre dentro de la legalidad.

La verdadera grandeza

Un rescatista de animales no debería buscar ser visto como un héroe, sino actuar con responsabilidad y respeto.
La verdadera labor está en cumplir la ley, proteger a los animales y respetar su naturaleza, sin necesidad de títulos ni reconocimientos.

Porque la grandeza no está en proclamarse héroe, sino en ser coherente. No está en los aplausos, sino en los resultados reales.
Ser rescatista, en el sentido más profundo, no es un título ni una medalla. Es un compromiso. Y ese compromiso se demuestra con hechos, no con palabras.

Lamentablemente los resultados no son buenos, y si seguimos así nunca lo serán, recuerdo una frase que la aplico a menudo

 !!si un problema lo convertimos en un negocio nunca se resolverá el problema!!

“No todos los animales necesitan ser rescatados… algunos solo necesitan respeto.”

Rescatista… ¿de verdad?

Hoy en día parece que la palabra rescatista se usa como un título de prestigio, casi como una profesión de alto nivel. Suena bien, incluso inspira admiración. Pero, ¿qué significa realmente ser un rescatista de animales?

En teoría, se define como aquella persona que dedica su tiempo a salvar y proteger a los animales en peligro, abandonados o maltratados. Suena noble, casi heroico. Sin embargo, la práctica nos muestra una realidad mucho más compleja y, en ocasiones, contradictoria.

Entre la buena intención y la realidad

Conozco a personas que, bajo su propio criterio y sin preguntar a nadie, deciden recoger animales que creen abandonados o maltratados. Su intención puede parecer buena, pero la falta de información provoca lo contrario: muchos de esos gatos, por ejemplo, pertenecen a colonias controladas donde viven tranquilos y felices.

El resultado es un traslado forzado a una casa improvisada, a menudo sin documentación ni control, que en muchos casos termina de nuevo en la calle. Y esta vez, en condiciones peores que antes. El supuesto “rescate” se convierte en un acto que genera más sufrimiento.

Con otros animales ocurre algo similar. ¿De verdad es mejor sacar a un perro de la calle para encerrarlo en un chenil pequeño, o en un baño, con apenas unos paseos?
Decimos que es una “vida mejor”, pero la realidad demuestra que muchas veces no lo es.

Los animales no necesitan héroes improvisados

Aquí está el punto central: los animales no son personas, ni son “sin techo”. Pensar que cualquier intervención es automáticamente positiva es un error muy común.

Los datos lo demuestran: cada vez hay más gatos y perros abandonados, pese a la gran cantidad de supuestos rescates. ¿Dónde terminan? La mayoría en centros sin condiciones adecuadas, saturados de animales, que tarde o temprano deben cerrar o reubicar, a veces sin garantías. Eso no es rescate. Eso es acumulación. Y en los casos más extremos, se convierte en una forma de síndrome de Diógenes aplicado a los animales.

Colonias estables, vidas interrumpidas

En colonias que gestionamos desde hace más de seis años siempre ocurre lo mismo: algunos gatos desaparecen porque alguien, con la mejor intención, los confunde con animales abandonados y se los lleva sin preguntar,o en el peor de los casos los matan y los tiran al container.

¿Acaso no es eso también un daño?
Aunque la intención sea distinta, el resultado se asemeja al de quienes actúan de mala fe: un animal separado de su entorno, de su grupo y de su forma de vida.

La falta de responsabilidad

La pregunta es inevitable: ¿cuántos informan realmente cuando ven un abandono? Muy pocos. Denunciar, dar la cara o exigir a las autoridades no es tan común. Es mucho más fácil “rescatar” y pasárselo a alguien que ya tiene veinte animales en su casa, sin medir las consecuencias.

¿Eso es ayudar? ¿Eso es proteger? O, más bien, ¿es trasladar el problema a otro y justificarlo bajo la etiqueta de “rescate”?

El mito del héroe

La definición idealista nos dice que un rescatista es un héroe anónimo que protege a los animales vulnerables y les da una vida digna. Suena inspirador.
Pero la verdad es que no todos los animales son vulnerables ni necesitan ser rescatados. Muchos lo que necesitan es respeto a su vida, a sus costumbres y a su espacio.

Rescatar no debería significar actuar por impulso ni guiarse solo por la emoción. Debería significar informarse, respetar, denunciar cuando corresponde y actuar siempre dentro de la legalidad.

La verdadera grandeza

Un rescatista de animales no debería buscar ser visto como un héroe, sino actuar con responsabilidad y respeto.
La verdadera labor está en cumplir la ley, proteger a los animales y respetar su naturaleza, sin necesidad de títulos ni reconocimientos.

Porque la grandeza no está en proclamarse héroe, sino en ser coherente. No está en los aplausos, sino en los resultados reales.
Ser rescatista, en el sentido más profundo, no es un título ni una medalla. Es un compromiso. Y ese compromiso se demuestra con hechos, no con palabras.

Lamentablemente los resultados no son buenos, y si seguimos así nunca lo serán, recuerdo una frase que la aplico a menudo

 !!si un problema lo convertimos en un negocio nunca se resolverá el problema!!

Abandono animal es condenarlo

El abandono animal es una condena al dolor

Es una condena al sufrimiento y, muchas veces, a la muerte

En los últimos años, desde Evolution Cats hemos sido testigos de una realidad tan dolorosa como repetida: gatos y perros que un día vivieron bajo techo, rodeados de comodidades, cariño o al menos cierta estabilidad, y que de la noche a la mañana son lanzados a la calle como si su vida no tuviera valor.

Las razones que se escuchan suelen ser variadas: “mi hijo desarrolló alergia”, “ya no tengo tiempo”, “me mudo”, “me rompe las cosas”, “ha crecido mucho”… Pero ninguna justifica que un ser sintiente, dependiente y domesticado, sea abandonado a su suerte. Ninguna razón es válida si el resultado es la condena al sufrimiento y a una muerte lenta o violenta.

Los animales que han vivido en hogares, no saben sobrevivir, no están preparados para la vida en la calle. No conocen los códigos territoriales, no saben cómo encontrar agua segura o alimento, ni cómo protegerse de los peligros que los acechan. Muchos mueren en los primeros días, desorientados, asustados, confundidos. Otros sobreviven un tiempo, pero a costa de un desgaste físico y emocional brutal. Abandonar a un animal no es «darle una oportunidad de libertad», es entregarlo a una cadena de peligros que no puede gestionar.

Estos son solo algunos de los escenarios que puede vivir un animal abandonado:

Hambre ¿por qué? ellos no saben dónde encontrar alimento, y consumen basura, objetos contaminados, plástico o huesos que los enferman. La sed los lleva a beber de charcos sucios, llenos de bacterias o veneno. La desnutrición les apaga el cuerpo poco a poco. Muchos mueren con el estómago vacío, en una cuneta, bajo un coche, sin que nadie los vea.

Cuando caminan desorientados, asustados, cruzan carreteras sin entender el peligro, como consecuencia, son atropellados y abandonados heridos en el asfalto, incapaces de moverse, con huesos rotos, sangrando, agonizando durante horas o días. Con suerte mueren al instante, el golpe es tan brutal que no sufren, sin embargo, a veces esperan, mirando hacia donde ya nadie volverá.

Otros se encuentran con veneno colocado por algunas personas “por si acaso”, para ahuyentar animales o simplemente por crueldad. Los efectos son terribles: vómitos, convulsiones, parálisis, muerte lenta. Otros…, caen en manos de individuos que los maltratan: golpes, fuego, cuchillas, prácticas de violencia sin sentido. Sí, esto aún ocurre. Sí, la indiferencia social lo permite.

Todos sobreviven, sin cuidados veterinarios, y los animales enferman rápido. moquillo, parvovirus, leishmaniasis, inmunodeficiencia, leucemia, sarna, garrapatas… Las enfermedades se multiplican en cuerpos debilitados y sin defensas. Muchos sufren durante semanas, con fiebre, dolor y sin una mano que los toque o los alivie. Sus cuerpos no están acostumbrados para soportar noches heladas en soledad ni veranos abrasadores sin sombra ni agua. Algunos mueren de hipotermia. Otros se deshidratan bajo el sol, mientras buscan inútilmente el camino de regreso a ese hogar que un día los dejó atrás.

La agonía del abandono: lo que no se ve

Más allá del dolor físico, existe un sufrimiento silencioso, invisible, que es la verdadera herida del abandono: la tristeza.

Los animales sienten, tienen memoria, reconocen olores, sonidos, voces. Cuando un animal es abandonado, vive una ruptura emocional devastadora. Espera…, regresa al lugar donde lo dejaron. Llora en silencio. No entiende qué hizo mal. Mira a cada humano que pasa con esperanza, esperando a “su persona”. Días, semanas, hasta que esa espera se convierte en miedo, y el miedo en resignación.

Muchos entran en estados depresivos: se esconden, se dejan morir, pierden el brillo en la mirada. La calle no solo los lastima por fuera. La calle también rompe su alma. Viven un trauma invisible, a la vista de todos

La etología, ha demostrado que el abandono es una forma extrema de maltrato emocional. El apego que un animal desarrolla hacia su cuidador no desaparece porque se le suelte una correa o se le cierre una puerta. La separación brusca, sin motivo comprensible, deja secuelas de ansiedad, miedo, agresividad, bloqueo o sumisión absoluta. Y te preguntarás ¿Qué puedes hacer tú?

Si ves a un animal abandonado, no gires la cabeza, no cambies de acera, no hagas que no lo ves. Acércate, obsérvalo, mientras acuden las autoridades o la asociación a la que hayas llamado.

Si tienes un animal y no puedes cuidar de él, por una razón real, de fuerza mayor tienes la obligación moral y legal de actuar con responsabilidad:

  • Contacta con asociaciones o protectoras.
  • Pide ayuda a veterinarios.
  • No calles. No lo dejes “por ahí”. No desaparezcas.

Por que cada animal que llega a tu vida ha sido puesto ahí con un propósito. Son compañeros del alma. Te miran con los ojos limpios de quien confía, incluso cuando el mundo los ha traicionado. Son puentes de amor incondicional, espejos de tu humanidad más pura.

El abandono no es solo una acción física. Es una herida espiritual. Lo que haces con un ser vulnerable dice más de ti que cualquier palabra. Porque amar no es solo cuando todo va bien. Amar es quedarse. O, si no puedes quedarte, buscar con todo tu ser quién sí lo hará.

Elegir cuidar es un acto sagrado. Abandonar no es una salida, es una rendición.

Reflexión ¿Y si fueses tú?

Que un día compartes un hogar, una rutina, una mirada diaria… y al siguiente, te sueltan en un lugar desconocido, sin palabras, sin explicación.
Que llamas. Que esperas. Que tienes frío. Que sientes hambre, miedo, soledad.
Que todos pasan, pero nadie te ve.
Que tu nombre, ese que alguna vez te hacía mover la cola o ronronear, ya no existe.
Que todo lo que conocías desaparece.
Y que el único consuelo que tienes es tu propia esperanza…
Hasta que también se apaga.
¿Serías capaz de volver a confiar? ¿De entender por qué te abandonaron?
¿De perdonar?
Los animales lo hacen, una y otra vez.
Perdonan. Confían. Aman. Aunque el mundo los lastime.

Y ahí, en esa capacidad de seguir amando incluso en el dolor, está su grandeza…
Y también nuestra prueba.

GATO SIAMÉS: inteligencia emocional en cuatro patas 🐾

Descubre la historia, personalidad y necesidades emocionales del gato siamés. Una raza tan bella como sensible, que sufre especialmente el abandono. Aprende cómo ayudarle desde la etología y terapias holísticas.

Cuando la sensibilidad y la belleza se combinan en un alma felina que necesita algo más que comida y cobijo.

Del Templo a tu regazo: El gato siamés no es solo una de las razas más reconocidas del mundo por su elegancia exótica y sus ojos azules penetrantes, es también un animal envuelto en historia, espiritualidad y misticismo. Sus raíces se hunden profundamente en el corazón de Tailandia, la antigua Siam, donde fue venerado durante siglos como un ser sagrado.

En los templos budistas, los siameses vivían entre incienso y silencio, custodiando altares y acompañando a los monjes en su práctica. Se creía que, al morir un noble o un miembro de la realeza, su alma podía reencarnarse en uno de estos gatos, permitiéndole continuar su camino espiritual protegido entre rezos y ofrendas. Así, no eran simples animales: eran guardianes de almas, puentes entre este mundo y otro más elevado.

Esa conexión mística no se ha perdido con el tiempo, el siamés moderno conserva ese carácter profundamente observador, casi humano. Te mira a los ojos como si pudiera leerte por dentro. Es sensible, emocional, necesita compañía, conversación y contacto. Es un gato que elige vincularse de verdad, que no se conforma con ser una presencia decorativa: quiere formar parte activa de tu vida, como si aún llevara en su interior la memoria de los templos y el eco de los mantras. Hoy, cuando un siamés se acomoda en tu regazo, no solo estás acariciando a un felino hermoso, estás acogiendo una herencia ancestral, una historia de respeto, espiritualidad y cercanía entre especies. El siamés no llega a tu hogar por azar…Llega a tu alma.

Sus rasgos físicos son inconfundibles, ojos azules almendrados, intensamente expresivos, su pelaje corto y sedoso, con los característicos “puntos” más oscuros en cara, patas, orejas y cola, su cuerpo atlético y esbelto, de movimientos elegantes y sus orejas grandes, siempre en alerta, dándole una apariencia refinada y a la vez curiosa. El siamés no solo necesita afecto, lo exige. Es una de las razas más comunicativas y apegadas a los humanos.

Poseen sensibilidad extrema a cambios y soledad: puede caer en cuadros de ansiedad o depresión con facilidad, es extremadamente sociable: quiere estar contigo, seguirte, hablarte. Hipercomunicativo: sus maullidos no son simples llamadas; son verdaderas conversaciones. Es altamente perceptivo: siente tus estados de ánimo, se contagia emocionalmente de ti. Sin olvidar que es Inteligente y juguetón: necesita retos mentales y juegos de interacción a diario.

Personalidad: un felino emocionalmente brillante… y vulnerable

El gato siamés es una de las razas más sociales, comunicativas y emocionalmente dependientes del mundo felino. Su forma de relacionarse con los humanos es intensa: no vive contigo, vive para ti. Esta raza no concibe la vida desde el desapego. Necesita sentir que pertenece, que forma parte activa del entorno, que su presencia importa. Entre sus rasgos de comportamiento más destacados: Sufre el rechazo o la indiferencia emocional: si no se siente querido o integrado, puede desarrollar comportamientos compulsivos (lamido excesivo, vocalización continua, automutilación leve).¿Qué ocurre cuando un siamés es abandonado en una colonia felina?

Extremadamente apegado a sus humanos: suele seguirte de habitación en habitación, espera tus gestos, tus rutinas, tus palabras. La soledad prolongada puede causarle ansiedad.

Comunicativo como pocos: su maullido es grave, largo y expresivo. No solo pide cosas: te habla, busca que lo mires, que lo entiendas.

Muy sensible a los cambios: una mudanza, una ausencia o la llegada de otro animal puede generarle una alteración emocional profunda si no se gestiona correctamente.

Altamente inteligente: necesita retos, exploración, juegos de ingenio. Sin estimulación, puede volverse destructivo, hiperactivo o deprimido.

Un gato como el siamés, criado en entorno doméstico, sufre especialmente el abandono. Su dependencia emocional y su falta de habilidades para sobrevivir por sí solo lo convierten en una víctima de alto riesgo.

¿Qué ocurre cuando un siamés es abandonado en una colonia felina?

Aquí es donde se revela el lado más crudo de esta sensibilidad: un gato siamés abandonado no sobrevive solo a nivel emocional, y en muchos casos, tampoco físicamente.

No está preparado para la vida en libertad

  • No tiene las habilidades de caza ni la experiencia para sobrevivir en la calle.
  • Es torpe en la jerarquía de las colonias: su personalidad sociable lo vuelve ingenuo frente a gatos más territoriales o agresivos.
  • Al no saber esconderse adecuadamente o huir a tiempo, es más vulnerable a ataques, atropellos o accidentes.

Sufre un colapso emocional

  • Un siamés abandonado puede presentar cuadros severos de depresión felina: deja de comer, se aísla, vocaliza sin parar.
  • Busca constantemente contacto humano, lo que lo expone aún más al peligro si intenta acercarse a personas no empáticas.
  • Su ansiedad por separación se multiplica: maúlla día y noche, se lame hasta provocar heridas, se agita, se vuelve errático.
  • Puede generar conflictos en la colonia
  • Su búsqueda de compañía puede ser malinterpretada por gatos ferales como una invasión de espacio, provocando peleas constantes.
  • No sabe leer bien el lenguaje territorial de los gatos salvajes, lo que aumenta el riesgo de ser agredido.

💔 En muchos casos, un siamés abandonado no sobrevive más de unas semanas, el abandono rompe su alma. No porque no quiera luchar, sino porque está diseñado para vivir en contacto humano, en vínculo emocional, en entorno protegido.

Pero… ¿y si logra adaptarse a la colonia?

Aunque es poco común, hay siameses que, tras un proceso largo y duro, consiguen integrarse en una colonia felina. Aprenden a moverse con cautela, reconocen a otros gatos, localizan zonas de comida o refugio y dejan de buscar contacto humano. Pero incluso en estos casos, su fragilidad emocional sigue presente, y aquí es donde se plantea un dilema muchas veces mal gestionado.


¿Qué pasa si lo sacamos de esa colonia sin respetar su nuevo equilibrio?

Muchas veces, al ver un gato de raza en una colonia feral, nuestra primera reacción es “rescatarlo”. Pero si ese siamés ya ha pasado meses o años adaptándose, sacarlo de ese entorno sin una preparación emocional adecuada puede provocar:

  • Reactivación del trauma original: vuelve a sentir que lo arrancan de lo poco que ha logrado reconstruir.
  • Síndrome de jaula o shock por encierro: al pasar de la libertad (aunque dura) al confinamiento, puede desarrollar apatía, agresividad por miedo, desconfianza, depresión profunda al sentir que ha perdido lo único que había logrado reconstruir, ansiedad extrema. Apatía o alteraciones graves de comportamiento si no se respetan sus tiempos.
  • Negativa al contacto humano: si fue traicionado una vez y ha logrado sobrevivir solo, no siempre acepta volver a confiar.

La clave está en el acompañamiento respetuoso: no basta con “rescatarlo”, hay que rehabilitarlo emocionalmente. Respetar sus tiempos, su espacio, trabajar con flores de Bach, etología aplicada y, si es posible, sesiones de reiki para acompañar el proceso de forma amable y sin forzar el vínculo. Rescatar sin acompañar emocionalmente puede ser otra forma de abandono.

Un gato siamés,

es abrirse a una relación emocional profunda, real y exigente. Es un animal con necesidades afectivas que van mucho más allá de lo básico, no sobrevive bien en soledad, no tolera el rechazo, y sufre profundamente si se siente desplazado o abandonado. Respetar sus emociones, comprender su fragilidad, y actuar con conciencia cuando hablamos de rescates o adopciones es la única manera de cuidar su corazón… tanto como su cuerpo.

Rescate sí, pero con conciencia emocional

No todo gato necesita ser rescatado ya. Algunos necesitan primero ser comprendidos, observados, y luego, ser acompañados en un proceso emocional profundo, y eso incluye al siamés, incluso si vive entre sombras y maleza.

Si conoces a alguien que está pensando en adoptar un siamés, comparte este artículo.
🛑 Si ves uno en una colonia, no lo saques de inmediato: observa, evalúa, acompaña, ponte en contacto con una asociación de protección animal
🌱 Si trabajas en protección animal, considera incluir terapias emocionales en los procesos de rescate.

Porque no se trata solo de salvar vidas, sino de sanar corazones.

Cambios en el Código Penal: Sanciones por Abandono Animal

La reciente Ley Orgánica 3/2023, que entró en vigor el 29 de marzo de 2023, introduce cambios significativos en el Código Penal para reforzar la protección de los animales

La reciente Ley Orgánica 3/2023, que entró en vigor el 29 de marzo de 2023, introduce cambios significativos en el Código Penal para reforzar la protección de los animales. Aquí te explicamos las principales disposiciones:

Artículo 340: Reparación del Daño

Si el culpable de cualquiera de los hechos tipificados en este Título hubiera procedido voluntariamente a reparar el daño causado, los Jueces y Tribunales le impondrán la pena inferior en grado a las respectivamente previstas.

Artículo 340 bis: Maltrato Animal

Lesión grave a animales domésticos o bajo control humano.

  • Prisión de 3 a 18 meses o multa de 6 a 12 meses.
  • Inhabilitación de 1 a 3 años para la tenencia de animales y profesiones relacionadas.

Circunstancias agravantes:

Uso de armas peligrosas o métodos destructivos.

Ensañamiento, lucro, o si el delito ocurre frente a menores o personas vulnerables.

Difusión del maltrato en redes sociales o medios públicos. Intención de coaccionar o intimidar a terceros.

Si Causa la muerte del animal

Prisión de 12 a 24 meses.

Inhabilitación de 2 a 4 años para la tenencia de animales y profesiones relacionadas.

Artículo 340 ter: Abandono Animal

Condiciones que pongan en peligro la vida o integridad del animal:

Multa de 1 a 6 meses o trabajos comunitarios de 31 a 90 días.

Inhabilitación de 1 a 3 años para la tenencia de animales y profesiones relacionadas.

Artículo 340 quater: Responsabilidad de Personas Jurídicas

Si una entidad jurídica (empresa, organización) es responsable de un delito de este tipo:

Multa de 1 a 3 años si el delito incluye penas de prisión superiores a 2 años.

Multa de 6 meses a 2 años en otros casos.

Posibilidad de medidas adicionales como la disolución de la entidad o la suspensión de actividades.

Artículo 340 Medidas Cautelares

  • Los jueces podrán adoptar medidas para proteger a los animales afectados, incluyendo cambios provisionales en la titularidad y cuidado del animal.
  • Si el condenado es el titular del animal, el juez podrá reasignar su cuidado de forma definitiva.
  • La reforma del Código Penal fortalece la protección de los animales y establece penas contundentes para quienes vulneren sus derechos. Estos cambios no solo refuerzan la lucha contra el maltrato y abandono, sino que también promueven una sociedad más respetuosa y responsable.

Difunde y ayúdanos a crear conciencia. El bienestar animal es responsabilidad de todos.