Una herida que las leyes aún no cierran

justicia, normas, ley bienestar animal, abandonos

El abandono animal

Cada año, cientos de miles de perros y gatos son abandonados en España. Detrás de cada cifra hay una historia de sufrimiento: animales que mueren asfixiados en bolsas, arrojados a ríos, golpeados hasta la muerte o simplemente dejados a su suerte en una carretera. Historias reales, que suceden hoy, aquí, entre nosotros.

Sí, tenemos leyes. La Ley 7/2023, de Protección y Bienestar Animal, reconoce a los animales como seres sintientes, prohíbe el maltrato, establece obligaciones para sus cuidadores y sanciones para quienes incumplen. Sobre el papel, parece un paso de gigante. Pero la realidad es otra: la ley, sin voluntad política ni recursos para aplicarla, es solo un texto vacío.

Y aquí es donde debemos mirar de frente: ¿quiénes son los responsables de que la ley se quede en papel mojado?

Políticos

Son quienes aprueban las normas, quienes diseñan los presupuestos, quienes deciden qué se financia y qué no. Si no hay campañas de concienciación, recursos para inspecciones, fondos para refugios y formación para fuerzas de seguridad, la ley nunca será efectiva. Usar el bienestar animal como eslogan electoral mientras se permite la impunidad es una burla al sufrimiento de miles de seres vivos.

Jueces, fiscales y abogados

El Código Penal recoge el maltrato animal como delito. La Ley 7/2023 establece sanciones administrativas claras. Sin embargo, ¿cuántas condenas ejemplares hemos visto? Demasiado pocas. Muchos casos se archivan, otros reciben sanciones mínimas, y en la mayoría de situaciones el maltrato queda impune.
La justicia tiene en sus manos la posibilidad de enviar un mensaje contundente: que maltratar o abandonar a un animal no es un acto menor, sino un crimen. Cada sentencia laxa es un permiso tácito para repetir la barbarie.

Veterinarios

No son solo profesionales de la salud animal. También son agentes clave de protección. Ellos suelen denunciar y están en primera línea de defensa del bienestar animal. Sin embargo, se enfrentan a una realidad compleja: muchas personas recogen animales de la calle, gatitos o perritos, sin preguntar antes si se han cumplido los protocolos.
En demasiadas ocasiones, esos animales forman parte de colonias felinas gestionadas con el método CER (Captura, Esterilización y Retorno) o pertenecen a un municipio que ya tiene programas en marcha. Cuando los ciudadanos actúan por su cuenta, aunque crean que hacen un bien, en realidad obstaculizan la labor veterinaria y administrativa, dificultando el control, la esterilización y la protección adecuada de esos animales.

Ciudadanos

Aquí está el origen del problema. Porque mientras sigamos viendo perros y gatos como juguetes, caprichos o recursos de usar y tirar, seguirá existiendo el abandono. Y aquí no caben excusas: quien regala cachorros como si fueran objetos, quien recoge gatitos arrancados de sus madres para “hacer el bien” y luego los abandona de nuevo, quien maltrata por rabia, por ignorancia o por maldad… todos forman parte de la misma cadena de dolor.

Porque no basta con “recoger” un animal para sentirse solidario. La responsabilidad exige informarse, avisar, cumplir protocolos y colaborar. Cada vez que alguien arranca a un gato de su colonia, lo regala sin control, lo abandona de nuevo o lo lleva a un veterinario sin notificar a las autoridades competentes, está perpetuando el círculo del abandono. La buena intención, sin conciencia ni información, también causa dolor.

Protectores y activistas

Ya hacen lo imposible con recursos escasos y manos atadas. Pero su labor no puede ser la única respuesta. No podemos delegar en las protectoras la responsabilidad que es de toda la sociedad.

Una ley que no se cumple es una traición

Cuando la ley no se cumple, el mensaje que lanzamos como sociedad es devastador: la vida de un perro o un gato vale menos que el papel en que se imprime su protección.

No basta con tener textos legales. Se necesitan sanciones que duelan en el bolsillo y en la conciencia, campañas educativas en colegios, formación para jueces y fiscales, compromiso real de veterinarios y recursos efectivos en manos de ayuntamientos y comunidades.

Los animales no pueden esperar más. Cada día de inacción son vidas perdidas en silencio.

La protección animal no es un asunto secundario, es una cuestión de justicia, de ética y de humanidad.
Un país que permite el abandono y el maltrato sin consecuencias no es un país avanzado, es un país que se queda en la oscuridad de la indiferencia.

Porque proteger a quienes no tienen voz nos define como sociedad. Y hoy, más que nunca, es urgente decidir de qué lado de la historia queremos estar.

10 medidas urgentes para acabar con el abandono animal

  1. Aplicación real de la ley: sanciones económicas ejemplares y penas efectivas para el maltrato y abandono.
  2. Formación obligatoria
  3. Protocolos claros para veterinarios,
  4. Registro y control de nacimientos
  5. Campañas de educación
  6. Financiación adecuada a ayuntamientos
  7. Apoyo a las protectoras o asociaciones
  8. Prohibición de regalar animales como si fueran objetos, sin garantías de compromiso.
  9. Censo unificado nacional para perros y gatos, con identificación y seguimiento de todos los animales.
  10. Campañas permanentes

“No todos los animales necesitan ser rescatados… algunos solo necesitan respeto.”

rescatista es un héroe anónimo que protege a los animales vulnerables y les da una vida digna. Suena inspirador.
Pero la verdad es que no todos los animales son vulnerables ni necesitan ser rescatados.

Rescatista… ¿de verdad?

Hoy en día parece que la palabra rescatista se usa como un título de prestigio, casi como una profesión de alto nivel. Suena bien, incluso inspira admiración. Pero, ¿qué significa realmente ser un rescatista de animales?

En teoría, se define como aquella persona que dedica su tiempo a salvar y proteger a los animales en peligro, abandonados o maltratados. Suena noble, casi heroico. Sin embargo, la práctica nos muestra una realidad mucho más compleja y, en ocasiones, contradictoria.

Entre la buena intención y la realidad

Conozco a personas que, bajo su propio criterio y sin preguntar a nadie, deciden recoger animales que creen abandonados o maltratados. Su intención puede parecer buena, pero la falta de información provoca lo contrario: muchos de esos gatos, por ejemplo, pertenecen a colonias controladas donde viven tranquilos y felices.

El resultado es un traslado forzado a una casa improvisada, a menudo sin documentación ni control, que en muchos casos termina de nuevo en la calle. Y esta vez, en condiciones peores que antes. El supuesto “rescate” se convierte en un acto que genera más sufrimiento.

Con otros animales ocurre algo similar. ¿De verdad es mejor sacar a un perro de la calle para encerrarlo en un chenil pequeño, o en un baño, con apenas unos paseos?
Decimos que es una “vida mejor”, pero la realidad demuestra que muchas veces no lo es.

Los animales no necesitan héroes improvisados

Aquí está el punto central: los animales no son personas, ni son “sin techo”. Pensar que cualquier intervención es automáticamente positiva es un error muy común.

Los datos lo demuestran: cada vez hay más gatos y perros abandonados, pese a la gran cantidad de supuestos rescates. ¿Dónde terminan? La mayoría en centros sin condiciones adecuadas, saturados de animales, que tarde o temprano deben cerrar o reubicar, a veces sin garantías. Eso no es rescate. Eso es acumulación. Y en los casos más extremos, se convierte en una forma de síndrome de Diógenes aplicado a los animales.

Colonias estables, vidas interrumpidas

En colonias que gestionamos desde hace más de seis años siempre ocurre lo mismo: algunos gatos desaparecen porque alguien, con la mejor intención, los confunde con animales abandonados y se los lleva sin preguntar,o en el peor de los casos los matan y los tiran al container.

¿Acaso no es eso también un daño?
Aunque la intención sea distinta, el resultado se asemeja al de quienes actúan de mala fe: un animal separado de su entorno, de su grupo y de su forma de vida.

La falta de responsabilidad

La pregunta es inevitable: ¿cuántos informan realmente cuando ven un abandono? Muy pocos. Denunciar, dar la cara o exigir a las autoridades no es tan común. Es mucho más fácil “rescatar” y pasárselo a alguien que ya tiene veinte animales en su casa, sin medir las consecuencias.

¿Eso es ayudar? ¿Eso es proteger? O, más bien, ¿es trasladar el problema a otro y justificarlo bajo la etiqueta de “rescate”?

El mito del héroe

La definición idealista nos dice que un rescatista es un héroe anónimo que protege a los animales vulnerables y les da una vida digna. Suena inspirador.
Pero la verdad es que no todos los animales son vulnerables ni necesitan ser rescatados. Muchos lo que necesitan es respeto a su vida, a sus costumbres y a su espacio.

Rescatar no debería significar actuar por impulso ni guiarse solo por la emoción. Debería significar informarse, respetar, denunciar cuando corresponde y actuar siempre dentro de la legalidad.

La verdadera grandeza

Un rescatista de animales no debería buscar ser visto como un héroe, sino actuar con responsabilidad y respeto.
La verdadera labor está en cumplir la ley, proteger a los animales y respetar su naturaleza, sin necesidad de títulos ni reconocimientos.

Porque la grandeza no está en proclamarse héroe, sino en ser coherente. No está en los aplausos, sino en los resultados reales.
Ser rescatista, en el sentido más profundo, no es un título ni una medalla. Es un compromiso. Y ese compromiso se demuestra con hechos, no con palabras.

Lamentablemente los resultados no son buenos, y si seguimos así nunca lo serán, recuerdo una frase que la aplico a menudo

 !!si un problema lo convertimos en un negocio nunca se resolverá el problema!!

“No todos los animales necesitan ser rescatados… algunos solo necesitan respeto.”

Rescatista… ¿de verdad?

Hoy en día parece que la palabra rescatista se usa como un título de prestigio, casi como una profesión de alto nivel. Suena bien, incluso inspira admiración. Pero, ¿qué significa realmente ser un rescatista de animales?

En teoría, se define como aquella persona que dedica su tiempo a salvar y proteger a los animales en peligro, abandonados o maltratados. Suena noble, casi heroico. Sin embargo, la práctica nos muestra una realidad mucho más compleja y, en ocasiones, contradictoria.

Entre la buena intención y la realidad

Conozco a personas que, bajo su propio criterio y sin preguntar a nadie, deciden recoger animales que creen abandonados o maltratados. Su intención puede parecer buena, pero la falta de información provoca lo contrario: muchos de esos gatos, por ejemplo, pertenecen a colonias controladas donde viven tranquilos y felices.

El resultado es un traslado forzado a una casa improvisada, a menudo sin documentación ni control, que en muchos casos termina de nuevo en la calle. Y esta vez, en condiciones peores que antes. El supuesto “rescate” se convierte en un acto que genera más sufrimiento.

Con otros animales ocurre algo similar. ¿De verdad es mejor sacar a un perro de la calle para encerrarlo en un chenil pequeño, o en un baño, con apenas unos paseos?
Decimos que es una “vida mejor”, pero la realidad demuestra que muchas veces no lo es.

Los animales no necesitan héroes improvisados

Aquí está el punto central: los animales no son personas, ni son “sin techo”. Pensar que cualquier intervención es automáticamente positiva es un error muy común.

Los datos lo demuestran: cada vez hay más gatos y perros abandonados, pese a la gran cantidad de supuestos rescates. ¿Dónde terminan? La mayoría en centros sin condiciones adecuadas, saturados de animales, que tarde o temprano deben cerrar o reubicar, a veces sin garantías. Eso no es rescate. Eso es acumulación. Y en los casos más extremos, se convierte en una forma de síndrome de Diógenes aplicado a los animales.

Colonias estables, vidas interrumpidas

En colonias que gestionamos desde hace más de seis años siempre ocurre lo mismo: algunos gatos desaparecen porque alguien, con la mejor intención, los confunde con animales abandonados y se los lleva sin preguntar,o en el peor de los casos los matan y los tiran al container.

¿Acaso no es eso también un daño?
Aunque la intención sea distinta, el resultado se asemeja al de quienes actúan de mala fe: un animal separado de su entorno, de su grupo y de su forma de vida.

La falta de responsabilidad

La pregunta es inevitable: ¿cuántos informan realmente cuando ven un abandono? Muy pocos. Denunciar, dar la cara o exigir a las autoridades no es tan común. Es mucho más fácil “rescatar” y pasárselo a alguien que ya tiene veinte animales en su casa, sin medir las consecuencias.

¿Eso es ayudar? ¿Eso es proteger? O, más bien, ¿es trasladar el problema a otro y justificarlo bajo la etiqueta de “rescate”?

El mito del héroe

La definición idealista nos dice que un rescatista es un héroe anónimo que protege a los animales vulnerables y les da una vida digna. Suena inspirador.
Pero la verdad es que no todos los animales son vulnerables ni necesitan ser rescatados. Muchos lo que necesitan es respeto a su vida, a sus costumbres y a su espacio.

Rescatar no debería significar actuar por impulso ni guiarse solo por la emoción. Debería significar informarse, respetar, denunciar cuando corresponde y actuar siempre dentro de la legalidad.

La verdadera grandeza

Un rescatista de animales no debería buscar ser visto como un héroe, sino actuar con responsabilidad y respeto.
La verdadera labor está en cumplir la ley, proteger a los animales y respetar su naturaleza, sin necesidad de títulos ni reconocimientos.

Porque la grandeza no está en proclamarse héroe, sino en ser coherente. No está en los aplausos, sino en los resultados reales.
Ser rescatista, en el sentido más profundo, no es un título ni una medalla. Es un compromiso. Y ese compromiso se demuestra con hechos, no con palabras.

Lamentablemente los resultados no son buenos, y si seguimos así nunca lo serán, recuerdo una frase que la aplico a menudo

 !!si un problema lo convertimos en un negocio nunca se resolverá el problema!!

Ellos no son invisibles

sus vidas no son invisibles para mí. Porque cada uno de ellos tiene un alma, un propósito, una luz. Porque ellos también son parte de este mundo, y el mundo sin ellos es más triste, más gris, más vacío.

(aunque el mundo no los vea)

Hoy ha caído otro de ellos, un gatito joven, un alma pequeña y pura, que apenas empezaba a explorar la vida… atropellado en la carretera como si fuera un objeto más, como si su existencia no tuviera valor. No hubo freno, no hubo remordimiento, no hubo siquiera una mirada hacia atrás.

Y no es la primera vez.

He visto demasiados cuerpecitos rotos al borde del asfalto, testigos mudos del desprecio humano. He visto sus ojos abiertos en el instante del abandono. He sentido su miedo, su hambre, su desconcierto al esperar inútilmente a quien un día les prometió cuidado y cariño. Y los he llorado a todos… porque cada uno de ellos importa.

No es sólo la muerte lo que duele. Es la forma. Es el cómo.

Mueren atropellados por indiferencia, mueren envenenados por personas que deciden, desde su odio o su ignorancia, exterminar lo que les molesta. He visto animales convulsionar lentamente, sufrir internamente sin poder pedir ayuda, solos, en rincones fríos o al sol abrasador. He visto cómo la crueldad puede esconderse tras una sonrisa o una excusa.

Y también he visto cómo se les regala como juguetes, con la euforia pasajera de una emoción bonita. Pero cuando crecen, cuando ya no resultan “cómodos” o “divertidos”, cuando hay que mudarse o irse de vacaciones, se tiran, se abandonan, se sueltan como si el vínculo no hubiese existido.

Pero ellos sienten. Ellos aman. Ellos esperan. Y mueren de tristeza cuando no entienden por qué su familia ya no los quiere, ellos no pidieron estar aquí. No pidieron ser el producto de la irresponsabilidad, ni la diana del desprecio. Ellos solo existen, y su sola existencia debería ser razón suficiente para protegerlos.

Mientras muchos miran hacia otro lado, yo no puedo. No quiero.

Porque a mí sí me importa, porque sus vidas no son invisibles para mí. Porque cada uno de ellos tiene un alma, un propósito, una luz. Porque ellos también son parte de este mundo, y el mundo sin ellos es más triste, más gris, más vacío.

Hoy mis lágrimas no cesan, y con ellas, dejo salir mi impotencia… por no haber podido salvarlo, por no haber llegado a tiempo, por no tener la fuerza para cambiarlo todo. Pero desde este lugar herido que soy, hago una promesa: su muerte no será en vano. Seguiré levantando la voz por ellos, aunque duela, aunque me tiemble la voz. aunque no sea fácil. Porque si me callo, ¿quién los recordará? ¿Quién les hará justicia?

A ti, mi pequeño… mi Luz.

Gracias por tu breve paso, por la ternura que derramaste sin pedir nada. Por tu nobleza callada, por tu mirada intensa y viva. Hoy una nueva estrella brilla en el cielo. Hoy cruzas el arco iris, hacia la libertad que aquí te fue negada. Hoy vuelves a casa…
y que allá, en ese otro lado donde el amor no falla, te reciban con caricias suaves, con calor, con dulzura infinita. Aquí te lloramos. Allá te celebran, y desde este rincón del mundo, con el corazón en pedazos, te deseo: Feliz regreso a casa, mi Luz, hoy el cielo ganó otra luz, y yo… otro motivo para no rendirme.

Abandono animal es condenarlo

El abandono animal es una condena al dolor

Es una condena al sufrimiento y, muchas veces, a la muerte

En los últimos años, desde Evolution Cats hemos sido testigos de una realidad tan dolorosa como repetida: gatos y perros que un día vivieron bajo techo, rodeados de comodidades, cariño o al menos cierta estabilidad, y que de la noche a la mañana son lanzados a la calle como si su vida no tuviera valor.

Las razones que se escuchan suelen ser variadas: “mi hijo desarrolló alergia”, “ya no tengo tiempo”, “me mudo”, “me rompe las cosas”, “ha crecido mucho”… Pero ninguna justifica que un ser sintiente, dependiente y domesticado, sea abandonado a su suerte. Ninguna razón es válida si el resultado es la condena al sufrimiento y a una muerte lenta o violenta.

Los animales que han vivido en hogares, no saben sobrevivir, no están preparados para la vida en la calle. No conocen los códigos territoriales, no saben cómo encontrar agua segura o alimento, ni cómo protegerse de los peligros que los acechan. Muchos mueren en los primeros días, desorientados, asustados, confundidos. Otros sobreviven un tiempo, pero a costa de un desgaste físico y emocional brutal. Abandonar a un animal no es «darle una oportunidad de libertad», es entregarlo a una cadena de peligros que no puede gestionar.

Estos son solo algunos de los escenarios que puede vivir un animal abandonado:

Hambre ¿por qué? ellos no saben dónde encontrar alimento, y consumen basura, objetos contaminados, plástico o huesos que los enferman. La sed los lleva a beber de charcos sucios, llenos de bacterias o veneno. La desnutrición les apaga el cuerpo poco a poco. Muchos mueren con el estómago vacío, en una cuneta, bajo un coche, sin que nadie los vea.

Cuando caminan desorientados, asustados, cruzan carreteras sin entender el peligro, como consecuencia, son atropellados y abandonados heridos en el asfalto, incapaces de moverse, con huesos rotos, sangrando, agonizando durante horas o días. Con suerte mueren al instante, el golpe es tan brutal que no sufren, sin embargo, a veces esperan, mirando hacia donde ya nadie volverá.

Otros se encuentran con veneno colocado por algunas personas “por si acaso”, para ahuyentar animales o simplemente por crueldad. Los efectos son terribles: vómitos, convulsiones, parálisis, muerte lenta. Otros…, caen en manos de individuos que los maltratan: golpes, fuego, cuchillas, prácticas de violencia sin sentido. Sí, esto aún ocurre. Sí, la indiferencia social lo permite.

Todos sobreviven, sin cuidados veterinarios, y los animales enferman rápido. moquillo, parvovirus, leishmaniasis, inmunodeficiencia, leucemia, sarna, garrapatas… Las enfermedades se multiplican en cuerpos debilitados y sin defensas. Muchos sufren durante semanas, con fiebre, dolor y sin una mano que los toque o los alivie. Sus cuerpos no están acostumbrados para soportar noches heladas en soledad ni veranos abrasadores sin sombra ni agua. Algunos mueren de hipotermia. Otros se deshidratan bajo el sol, mientras buscan inútilmente el camino de regreso a ese hogar que un día los dejó atrás.

La agonía del abandono: lo que no se ve

Más allá del dolor físico, existe un sufrimiento silencioso, invisible, que es la verdadera herida del abandono: la tristeza.

Los animales sienten, tienen memoria, reconocen olores, sonidos, voces. Cuando un animal es abandonado, vive una ruptura emocional devastadora. Espera…, regresa al lugar donde lo dejaron. Llora en silencio. No entiende qué hizo mal. Mira a cada humano que pasa con esperanza, esperando a “su persona”. Días, semanas, hasta que esa espera se convierte en miedo, y el miedo en resignación.

Muchos entran en estados depresivos: se esconden, se dejan morir, pierden el brillo en la mirada. La calle no solo los lastima por fuera. La calle también rompe su alma. Viven un trauma invisible, a la vista de todos

La etología, ha demostrado que el abandono es una forma extrema de maltrato emocional. El apego que un animal desarrolla hacia su cuidador no desaparece porque se le suelte una correa o se le cierre una puerta. La separación brusca, sin motivo comprensible, deja secuelas de ansiedad, miedo, agresividad, bloqueo o sumisión absoluta. Y te preguntarás ¿Qué puedes hacer tú?

Si ves a un animal abandonado, no gires la cabeza, no cambies de acera, no hagas que no lo ves. Acércate, obsérvalo, mientras acuden las autoridades o la asociación a la que hayas llamado.

Si tienes un animal y no puedes cuidar de él, por una razón real, de fuerza mayor tienes la obligación moral y legal de actuar con responsabilidad:

  • Contacta con asociaciones o protectoras.
  • Pide ayuda a veterinarios.
  • No calles. No lo dejes “por ahí”. No desaparezcas.

Por que cada animal que llega a tu vida ha sido puesto ahí con un propósito. Son compañeros del alma. Te miran con los ojos limpios de quien confía, incluso cuando el mundo los ha traicionado. Son puentes de amor incondicional, espejos de tu humanidad más pura.

El abandono no es solo una acción física. Es una herida espiritual. Lo que haces con un ser vulnerable dice más de ti que cualquier palabra. Porque amar no es solo cuando todo va bien. Amar es quedarse. O, si no puedes quedarte, buscar con todo tu ser quién sí lo hará.

Elegir cuidar es un acto sagrado. Abandonar no es una salida, es una rendición.

Reflexión ¿Y si fueses tú?

Que un día compartes un hogar, una rutina, una mirada diaria… y al siguiente, te sueltan en un lugar desconocido, sin palabras, sin explicación.
Que llamas. Que esperas. Que tienes frío. Que sientes hambre, miedo, soledad.
Que todos pasan, pero nadie te ve.
Que tu nombre, ese que alguna vez te hacía mover la cola o ronronear, ya no existe.
Que todo lo que conocías desaparece.
Y que el único consuelo que tienes es tu propia esperanza…
Hasta que también se apaga.
¿Serías capaz de volver a confiar? ¿De entender por qué te abandonaron?
¿De perdonar?
Los animales lo hacen, una y otra vez.
Perdonan. Confían. Aman. Aunque el mundo los lastime.

Y ahí, en esa capacidad de seguir amando incluso en el dolor, está su grandeza…
Y también nuestra prueba.

El abandono animal en verano:

Cada verano, miles de perros y gatos son abandonados tras ser tratados como regalos navideños. En Evolution Cats te invitamos a recordar, actuar y adoptar con responsabilidad.

Recordar que no son cosas, Son Vidas

En una sociedad cada vez más acelerada, donde los impulsos y las apariencias a menudo pesan más que los compromisos reales, se vuelve urgente detenernos, mirar con honestidad lo que somos y, sobre todo, lo que permitimos. Necesitamos recordar que la humanidad existe. Que no todo está perdido. Que aún hay corazones capaces de sentir, de amar, de proteger. Pero también necesitamos recordar lo que olvidamos, lo que escondemos, lo que negamos: que estamos fallando gravemente a los más inocentes, a los más vulnerables.

Los perros y los gatos, esos compañeros silenciosos, leales hasta el final, están siendo víctimas de un ciclo de crueldad y abandono que parece no tener fin. Y cada año, como una tragedia repetida, su sufrimiento se intensifica con la llegada del verano.

El abandono animal: una realidad silenciada

Durante las fiestas navideñas, muchos son entregados como “regalos”, cajitas con lazos, miradas tiernas, ilusión envuelta en papel. Pero la vida no es un juguete, y un animal no es un objeto. Lo que comienza como una tierna escena navideña termina, pocos meses después, con el abandono de ese mismo ser en una gasolinera, en la cuneta de una carretera, en una caja de cartón junto a un contenedor. Con suerte, en la puerta de un refugio desbordado.

No es un caso aislado. Es una epidemia silenciosa. Millones de animales son abandonados cada año. Muchos lo son no una, sino dos o tres veces a lo largo de su vida. Viven el dolor de perder a quienes creían su familia. Conocen el hambre, el frío, la indiferencia. Algunos son rescatados, adoptados… para ser devueltos poco después, como si su valor dependiera del estado emocional o económico de quien los acoge.

La herida del maltrato institucional

Otros, quizás los más olvidados, sufren el abandono institucional, aquellos que entran en perreras o centros municipales donde tienen fecha de caducidad. Donde el cariño no existe, donde no hay caricias, ni juegos, ni esperanza. Donde un número más en una ficha determina si vivirán o morirán.

Y aún así, siguen confiando. Aún heridos, muchos se acercan moviendo la cola. Aún traicionados, ronronean al recibir un gesto amable. Aún temblando, buscan una mano que no golpee, una voz que no grite.

¿Qué clase de sociedad permite esto? ¿Qué valores estamos transmitiendo si seguimos tratando la vida como mercancía? Necesitamos recordar que adoptar a un animal es un acto de responsabilidad, no un capricho. Que sufre, que siente, que recuerda, que no puede defenderse solo. Que su bienestar depende de nosotros.

En Evolution Cats, nos negamos a aceptar esta normalidad perversa. Cada historia de abandono nos duele como propia. Cada rescate que realizamos, cada animal que logramos reubicar, es una victoria. Pero no podemos hacerlo solos.

¿Qué puedes hacer tú?

Necesitamos que la sociedad despierte. Que mire, que escuche, que se indigne. Que deje de mirar hacia otro lado cuando un animal es maltratado. Que no tolere más los abandonos. Que deje de considerar normal que alguien regale un perro en Navidad y lo abandone en julio porque “estorba” para las vacaciones.

Los animales no son regalos. No son entretenimiento. No son herramientas terapéuticas. Son vidas. Y una vez que llegan a nuestras manos, somos responsables de ellas hasta el final.

Desde aquí, hacemos un llamado urgente: si no puedes comprometerte, no adoptes. Si no estás dispuesto a cuidar, no acojas. Pero tampoco seas cómplice. No calles, no justifiques, no ignores.

Y si, sí puedes, aunque sea un poco, haz algo. Adopta. Acoge. Denuncia. Comparte. Educa. Dona. Porque cada gesto cuenta. Porque la compasión no puede ser selectiva ni estacional. Porque no estamos hablando de cosas, estamos hablando de seres vivos, de almas nobles que solo quieren amor, respeto y un lugar seguro.

Necesitamos recordar para creer. Que aún somos humanos. Que aún hay esperanza. Que la sensibilidad, lejos de debilitarnos, nos devuelve la dignidad. Recordar para actuar. Porque por ellos, por los que no pueden hablar, nunca es tarde para ser mejores.

¿Quieres ser parte del cambio?

Si has llegado hasta aquí, ya estás un paso más cerca de hacer una diferencia. Adoptar no es un gesto cualquiera: es un acto de amor, compromiso y reflexión. Para muchos animales, una adopción responsable es la única oportunidad de tener una vida digna, segura y feliz.

En Evolution Cats trabajamos día a día para rescatar, cuidar y reubicar gatos y perros que han sido víctimas del abandono, el maltrato y la indiferencia. Cada adopción que gestionamos es una historia de esperanza que comienza de nuevo.

¿Y si la próxima historia la escribes tú? Recuerda: adoptar salva vidas, pero también transforma la tuya.

No compres. Adopta con conciencia. Cuida con responsabilidad. Ama sin condiciones.

Porque ellos no pueden hablar, pero tú sí puedes decidir ser su voz.