Miradas que hablan – 4

Porque quizá una vida no se mide solo por cuánto tiempo permanece encendida, sino también por la luz que fue capaz de dejar en quienes la cuidaron.

Cuando una luz se apaga, encendemos otra

Hay días en los que una se levanta pensando que simplemente va a intentar sacar adelante otro día más. Y entonces la vida te recuerda que aquí nunca sabes qué vas a encontrarte al abrir una puerta.

Ayer fue uno de esos días.

Hacía apenas una semana que aquel pequeño había llegado a nosotros. Lo habían dejado abandonado, junto a sus hermanos. Era todavía un bebé, tan pequeño que apenas tenía los primeros colmillos delanteros. Una de esas criaturas que deberían estar descubriendo el mundo al lado de su madre, durmiendo hechos un ovillo con sus hermanos y jugando sin saber todavía que existe algo llamado abandono.

Pero él ya conocía el abandono. Y nosotros intentábamos enseñarle otra cosa.

Durante esa semana lo cuidamos, lo vimos jugar, lo acompañamos y empezamos, sin darnos cuenta, a hacerle un pequeño hueco en el corazón. Dos días antes habíamos perdido a su hermanita.

Y quizá por eso todavía estábamos intentando entender esa ausencia cuando él también empezó a irse. Fue prácticamente de repente.

Y no hay una manera bonita de explicar lo que se siente cuando un bebé que hace unas horas estaba ahí deja de estarlo. Te quedas mirando el lugar donde estaba. Y por unos segundos parece imposible. Porque la cabeza entiende antes que el corazón.

El corazón sigue esperando que vuelva a moverse. Que levante la cabeza. Que te mire. Que vuelva a aparecer.

Pero no.

Y mientras todavía estábamos intentando encajar esa pérdida, llegaron otras vidas. Seis bebés. Los habían abandonado dentro de una bolsa de plástico.

Una bolsa. Como si dentro no hubiera seis corazones latiendo, seis cuerpos diminutos buscando calor, seis vidas que dependían completamente de que alguien decidiera no mirar hacia otro lado.

Seis vidas que alguien había tenido en su casa. Porque eso es quizá lo que más cuesta entender. No eran seis gatitos que habían aparecido de repente en una calle.

Eran seis animales que habían nacido bajo un techo. Alguien sabía que estaban allí. Alguien los había visto crecer. Alguien sabía que eran demasiado pequeños para sobrevivir solos.

Y aun así acabaron dentro de una bolsa.

Y como si ese día todavía tuviera otra historia preparada para nosotros, apareció una séptima. Sola en un parque. Unos niños la encontraron y la recogieron.

Siete bebés en un mismo día.

Siete vidas que, por distintas circunstancias, terminaron necesitando que alguien apareciera.

Y mientras los recibíamos, alimentábamos, limpiábamos, calentábamos y comprobábamos que estaban bien, en algún rincón de nosotros seguía estando aquel pequeño que acabábamos de perder. Y es entonces cuando aparece el cansancio. Ese cansancio que no es solamente físico. Es el cansancio de amar tanto y perder. El cansancio de recoger.

De intentar llegar a todos. De escuchar historias que no deberían existir.

De mirar unos ojos y preguntarte qué habrá tenido que pasar para que alguien pudiera abandonarlos así. Y ayer, por primera vez en mucho tiempo, me pregunté de verdad para qué hago todo esto.

Porque hay días en los que parece que no conseguimos terminar de llorar una pérdida cuando ya tenemos otra vida entre las manos.

Y quizá quien mira desde fuera piense que recoger siete bebés es una buena noticia.

Y lo es. Claro que lo es.

Pero también hay que decir que detrás de cada rescate hay una realidad que duele. Porque nosotros no tendríamos que estar recogiendo bebés de bolsas.

No tendríamos que estar encontrándolos solos en parques.

No tendríamos que estar despidiendo a pequeños que apenas han tenido tiempo de conocer la vida.

Deberían estar en una casa.

Deberían estar con su madre.

Deberían estar jugando.

Deberían tener futuro.

Y, sin embargo, aquí estamos.

Intentando construirles uno.

Hoy estoy cansada.

Y no quiero esconderlo.

Porque quienes estamos detrás de cada rescate también somos personas. También lloramos. También nos rompemos. También hay días en los que necesitamos sentarnos un momento y preguntarnos si vamos a poder seguir.

Pero entonces miro a los siete pequeños. Y pienso en aquel que se fue.

Y entiendo que quizá la respuesta no está en conseguir salvarlos a todos.

Quizá eso no siempre está en nuestras manos. Quizá la respuesta está en que, mientras podamos, no dejemos que una vida termine creyendo que no importaba. Aquel bebé tuvo una semana. Solo una semana.

Pero durante esa semana no estuvo solo. Conoció manos que lo cuidaron. Conoció una voz que lo llamó. Conoció el calor. Conoció el cariño.

Y eso no puede devolvernos su vida, pero sí puede cambiar el significado de sus últimos días.

A veces pienso que nuestro trabajo se parece un poco a intentar mantener encendidas pequeñas velas en medio de una tormenta.

Algunas consiguen arder durante mucho tiempo.

Otras se apagan demasiado pronto, y por mucho que pongamos nuestras manos alrededor de la llama, no conseguimos protegerlas del viento.

Pero eso no significa que haya sido inútil encenderlas. Porque mientras una vela está encendida, hay luz. Y quizá eso sea lo que hacemos.

No podemos controlar la tormenta. No podemos cambiar todo lo que otros han hecho antes de que esas vidas lleguen hasta nosotros.

No podemos prometer que todas sobrevivirán. Pero podemos intentar que, mientras estén aquí, no estén a oscuras. Y ayer se apagó una pequeña luz.

Hoy tenemos siete más entre las manos.

Así que, aunque duela, aunque estemos cansados, aunque a veces no sepamos de dónde sacar fuerzas… encenderemos otra vez la luz.

Por ellos.

Por los que llegan.

Por los que no conseguimos salvar.

Y por todos aquellos que todavía esperan que alguien, algún día, decida que su vida también importa.

Porque quizá una vida no se mide solo por cuánto tiempo permanece encendida, sino también por la luz que fue capaz de dejar en quienes la cuidaron. 🤍🐾


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Autor: Evolution Cats

En Evolution Cats, creemos que un mundo mejor empieza con pequeños gestos de amor hacia los animales. Somos una asociación comprometida no solo con el cuidado y bienestar de los gatos, sino también con la concienciación sobre el respeto y la protección de todos los animales, incluyendo a nuestros queridos amigos caninos.

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