Hay una parte del rescate de la que casi nunca se habla.

Se habla de los animales abandonados, de los que aparecen en una caja, dentro de una bolsa, en una cuneta o escondidos en algún rincón intentando sobrevivir. Se habla de las enfermedades, de los rescates, de las adopciones y, cuando todo sale bien, de esas historias con final feliz que nos devuelven un poco la esperanza. Pero pocas veces se habla de quienes están detrás.
De las rescatistas. De las gestoras de colonias. De las casas de acogida. De las personas que, sin hacer ruido, salen cada día con comida en el maletero, con medicación en una bolsa, con un transportín preparado por si aparece alguien que necesita ayuda. De quienes conocen las caras de cada gato de una colonia, saben quién ha comido menos, quién está enfermo, quién no ha aparecido esa noche y quién necesita una visita al veterinario.
Pocas veces se habla de lo que ocurre dentro de nosotros.
Porque para mucha gente quizá sea «solo un gato». Uno más de una colonia. Uno que llevaba allí unos días, unas semanas o quizá solo unas horas. Pero para quien lo ha mirado a los ojos, para quien lo ha sostenido entre sus manos, para quien ha pasado noches sin dormir intentando que saliera adelante, nunca es solo uno más.
Da igual cuánto tiempo haya estado contigo, a veces basta una tarde para que una vida se quede dentro de ti. Y cuando esa vida se apaga, duele.
Duele de una forma difícil de explicar, porque cada pérdida deja preguntas. Preguntas que muchas veces nos hacemos una y otra vez, buscando una respuesta que quizá nunca llegue.
¿Y si hubiéramos llegado antes? ¿Y si hubiéramos tenido otra herramienta? ¿Y si hubiera existido un tratamiento? ¿Y si alguien hubiera actuado a tiempo?¿Y si hubiera habido más medios, más recursos, más esfuerzo?
Pero hay muertes que duelen todavía más, las que podían haberse evitado. Las que nacen de la negligencia, de la indiferencia, de la falta de responsabilidad. Las que ocurren porque alguien decidió mirar hacia otro lado. Porque alguien pensó que aquella vida no merecía el tiempo, el dinero, el esfuerzo o la atención necesarios.
Y entonces el dolor se mezcla con algo más. Con rabia. Con impotencia. Con esa sensación de estar intentando vaciar el mar con las manos mientras, al otro lado, alguien sigue abriendo el grifo.
Porque ellos no pidieron estar en la calle.
No pidieron nacer para terminar abandonados.
No pidieron enfermar.
No pidieron pasar frío, hambre, miedo o soledad.
No pidieron tener que luchar cada día simplemente para seguir vivos.
Y, sin embargo, son ellos quienes terminan pagando las consecuencias de las decisiones de otros.
Quizá por eso duele tanto, porque cuando decides involucrarte de corazón en salvarlos, ya no puedes mirar hacia otro lado. Empiezas a conocerlos. A reconocer sus pasos.
A saber cuál es el que siempre llega primero a comer y cuál espera escondido hasta sentirse seguro. Aprendes sus costumbres, sus miedos, sus pequeñas manías. Y aunque intentes repetirte que no puedes encariñarte con todos, que tienes que protegerte un poco, que no puedes llevarte cada historia a casa… No funciona así.
Porque un día te encuentras limpiando los ojos de uno que estaba enfermo. Otro día pasas horas buscando a uno que no ha aparecido. Y otro, acabas sentada en el suelo, sosteniendo entre tus manos a una vida que se está apagando. Y entonces sucede algo que rompe cualquier barrera que hubieras intentado construir.
Te mira. No sé cómo explicarlo de otra manera. Hay miradas que hablan. Y la de un animal que está viviendo sus últimos momentos junto a ti habla de una forma que nunca se olvida.
A veces ya no pueden hacer nada.
A veces su cuerpo está demasiado cansado.
Pero sus ojos siguen buscándote.
Y cuando sienten tu mano, cuando notan que estás allí, sus pequeñas patitas se agarran a ti, hasta el último momento…Y es entonces cuando entiendes algo que quizá sea lo más hermoso y lo más doloroso de todo esto.
Ellos no guardan rencor.
Después del abandono.
Después del hambre.
Después del frío.
Después del miedo.
Incluso después de todo lo que han sufrido por culpa de los seres humanos, todavía son capaces de mirarte con amor.
Todavía son capaces de confiar.
Todavía son capaces de agarrarse a ti.
Y tú te rompes. Porque sabes que no puedes prometerles que todo saldrá bien. Sabes que no podrás salvarlos a todos. Sabes que habrá días en los que llegarás demasiado tarde, aunque hayas corrido, aunque hayas luchado, aunque hayas hecho todo lo que estaba en tus manos.
Y aun así vuelves. Vuelves al día siguiente. Vuelves a poner comida. Vuelves a contestar mensajes. Vuelves a recoger a otro pequeño que alguien ha abandonado. Vuelves a llevarlo al veterinario. Vuelves a abrir la puerta de tu casa, aunque sabes que quizá también terminará ocupando un espacio en tu corazón. Porque quienes hacemos esto no somos fuertes todo el tiempo.
Lloramos.
Nos cansamos.
Nos enfadamos.
Nos preguntamos muchas veces si podremos seguir.
Cada pérdida deja una herida. Algunas tardan mucho en cerrar. Otras no se cierran nunca del todo. Pero quizá ser rescatista, gestionar una colonia o dedicar una parte de tu vida a cuidar de quienes no tienen voz consiste precisamente en aprender a vivir con esas pequeñas heridas.
No porque el dolor deje de importar. Sino porque, a pesar de él, seguimos eligiendo estar.
Estar cuando tienen miedo.
Estar cuando están enfermos.
Estar cuando alguien los abandona.
Estar cuando consiguen salir adelante.
Y también estar cuando, por mucho que nos duela, llega el momento de dejarlos ir.
Quizá nosotros no podamos cambiar el mundo entero. Quizá no podamos evitar todas las injusticias ni salvar todas las vidas. Pero a veces pienso que nuestra labor se parece al de alguien que camina por un bosque después de una gran tormenta.
Por el suelo hay pequeñas aves heridas, criaturas que el viento ha tirado de sus nidos, seres demasiado pequeños para encontrar por sí solos el camino de vuelta.
No podemos reparar el cielo.
No podemos detener la tormenta.
No podemos salvar a todas las criaturas que ha dejado a su paso.
Pero podemos agacharnos.
Podemos recoger una.
Podemos darle calor.
Podemos intentar curarla.
Y, si llega el momento en que sus alas ya no pueden volver a abrirse, podemos sostenerla para que no se vaya sola.
Quizá eso sea lo que hacemos. No salvamos el mundo. Pero para aquel pequeño que tiembla entre nuestras manos, durante un instante, somos todo su mundo.
Y quizá por eso seguimos.
Aunque duela.
Aunque cada pérdida nos rompa un poco.
Porque mientras haya una mirada buscando ayuda, una pequeña pata intentando agarrarse a nuestra mano, una vida esperando que alguien no pase de largo… seguiremos agachándonos.
Porque ellos no tienen voz. Pero nosotros hemos elegido escuchar sus miradas.



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